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lunes, 11 de diciembre de 2017

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¿Nos dirigimos a una nueva guerra con Corea?

Si hubo un mensaje en el lanzamiento que realizó Corea del Norte de un nuevo misil capaz de llegar a cualquier lugar de Estados Unidos, fue que la estrategia estadounidense respecto de ese país está fracasando… y esa guerra podría avecinarse.

El público estadounidense es demasiado complaciente acerca de la posibilidad de una guerra con Corea del Norte, una que podría ser incomparablemente más sangrienta que cualquier guerra estadounidense en mi tiempo de vida. Una evaluación sugiere que un millón de personas podrían morir el primer día.

“Si tenemos que declarar la guerra para detener esto, así lo haremos”, le dijo el senador Lindsey Graham, republicano de Carolina del Sur, a CNN después de la prueba de misil más reciente. “Vamos camino a una guerra si no cambian las cosas”.

El presidente Donald Trump ha dicho que está listo para “destruir por completo” a Corea del Norte. Su asesor de seguridad nacional, H.R. McMaster, dice que Trump “está dispuesto a hacer lo necesario” para evitar que Corea del Norte amenace a Estados Unidos con armas nucleares, lo cual es precisamente lo que hizo Kim Jong-un.
Una lección de la historia: cuando un presidente y sus asesores dicen que están considerando una guerra, tómalos en serio.

Los expertos en seguridad internacional que he consultado ofrecen cálculos del riesgo de guerra que van desde el 15 por ciento a más del 50 por ciento. Eso debería ser asombroso.
Trump dijo el miércoles que se está trabajando en nuevas sanciones y que “la situación será controlada”. Sin embargo, ya ha sido muy eficaz aumentando la presión económica sobre Corea del Norte, y es difícil ver cómo podría hacer una gran diferencia una décima ronda de sanciones, después de nueve rondas hasta el momento desde 2006.

Es un problema de dos filos. Primero, la meta de Estados Unidos para Corea del Norte –la desnuclearización total– es improbable. Además, nuestra estrategia de sanciones económicas no es efectiva contra un régimen aislado que ya ha aceptado la muerte por hambruna de quizá el 10 por ciento de su población.
En pocas palabras, tenemos una estrategia fallida con la que pretendemos alcanzar un objetivo imposible.

Estados Unidos también está yendo tras otras estrategias, incluyendo ciberataques y defensa de misiles, que valen la pena, pero no obligarán a Corea del Norte a entregar sus armas nucleares. Ese es el contexto en el que las opciones militares se vuelven tentadoras para Trump.
Este problema no es culpa de Trump y está en lo correcto al decir que las administraciones previas (desde el primer presidente George Bush a finales de la década de 1980) básicamente solo han escondido el polvo bajo la alfombra. También está en lo correcto en cuanto a que nos hemos quedado sin opciones, ahora que Corea del Norte ha demostrado tener la capacidad de enviar un misil a unos 12,874 kilómetros, con lo que ha puesto a Estados Unidos dentro de su rango teórico.

(Quizá aún no seamos vulnerables. Corea del Norte tal vez no tenga la capacidad de poner una ojiva nuclear al misil que pueda sobrevivir al calor y la fricción de volver a entrar a la atmósfera. Sin embargo, aunque no tenga esa capacidad todavía, está teniendo un progreso veloz hacia esa meta. Es importante evitar que Corea del Norte haga la prueba final que se necesita para estar seguro de su habilidad de atacar a Estados Unidos).

Algunos analistas creen en retrospectiva que habría tenido sentido que Estados Unidos atacara los sitios nucleares de Corea del Norte cuando estaba comenzando su programa, a finales de 1980. Pero incluso entonces, Corea del Norte tenía la capacidad de lanzar armas químicas y biológicas a Seúl.

En 1969, el presidente Richard Nixon estuvo tentado a atacar a Corea del Norte después de que esta derribó un avión espía estadounidense, lo que causó la muerte de las 31 personas a bordo. Sus asesores le advirtieron que cualquier ataque militar podría escalar a una guerra abierta, y Nixon terminó por retractarse. Desde entonces, periódicamente los demás presidentes estadounidenses también han estado tentados a atacar a Corea del Norte después de alguna provocación, pero han terminado mostrando moderación por temor a una guerra catastrófica.
Hawks dice que la moderación continua de Estados Unidos ha creado una percepción en Corea del Norte de que el país es un perro que ladra pero no muerde, y francamente hay algo de cierto en eso. Me preocupa que Estados Unidos y Corea del Norte tengan demasiada confianza. En mi visita reciente a Corea del Norte, los funcionarios dijeron en repetidas ocasiones que con sus túneles y refugios, así como con su habilidad para el contraataque, no solo podrían sobrevivir una guerra nuclear con Estados Unidos, sino que incluso podrían ganarla.

En Washington, a veces hay una ilusión errónea similar de que la guerra se acabaría en un día tras la primera lluvia de misiles estadounidenses. Recuerden que la pequeña Serbia soportó más de dos meses de bombardeos de la OTAN en 1999 antes de acordar retirarse de Kosovo; Corea del Norte está incomparablemente más preparada para librar una guerra y perdurar.
También me preocupa que a veces se perciba a los norcoreanos como robots caricaturescos que caminan extrañamente –enemigos perfectos y deshumanizados del elenco central– y que una administración abrumada por problemas en casa quizá sea más proclive a proyectar fuerza, tomar riesgos y comenzar una guerra.
La mejor y última esperanza para la península coreana es algún tipo de acuerdo negociado en el que Kim detenga sus programas nucleares. Corea del Norte podría estar insinuando en sus declaraciones más recientes que está abierto a las negociaciones.
Así que intentemos hablar, en vez de correr el riesgo de vivir el primer intercambio de armas nucleares en la historia de nuestro planeta.

El Nuevo Herald (Estados Unidos)

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